'Heated Rivalry' y el dilema del “sex sells”: entre el magnétismo y la representación vacía
- Patricia Granada Brasa
- 1 ene
- 6 Min. de lectura
Actualizado: hace 2 días
Un análisis sobre la masculinidad canonizada, el estigma del público femenino y las contradicciones de un éxito que bate récords en IMDb mientras divide al colectivo LGTBIQ+

Heated Rivalry es, sin duda, la serie del momento. Se comenta que, con un presupuesto reducido, ha logrado eclipsar incluso el estreno de la temporada final de Stranger Things. Resulta irónico que Netflix no quisiera apostar en su día por esta narrativa centrada en una pareja homosexual para su propio lanzamiento (con el shippeo de Will y Mike). Y es que, la producción, basada en las novelas de Rachel Reid, se ha convertido en un auténtico fenómeno en redes gracias a una fórmula tan magnética como el atractivo de sus actores fuera de la pantalla. Hudson Williams y Connor Storrie desprenden una química innegable que engancha como pocas ficciones lo logran. En tan solo seis capítulos, el show presenta una historia adictiva que ha supuesto un éxito rotundo. Sin embargo, aunque ha cosechado un fandom devoto en pocas semanas, también ha generado un intenso debate y polémica desde su promoción.
Pronto fue calificada como "la serie LGTBI del año", compitiendo en un 2025 que nos ha dado títulos como Pluribus u Overcompensating. Este furor ha sido cuestionado porque, aunque es cierto que ha igualado el récord de puntuación de Breaking Bad (un 10/10 en un episodio en IMDb), muchos detalles han puesto en entredicho la ética del discurso que la rodea.
En una entrevista con Variety, su director, Jacob Tierney, explicó lo que, según él, ha sido una de las claves del enorme éxito del show:
“A las mujeres les encantan estos libros. Han sido escritos por mujeres y, en su mayoría, leídos por ellas. Creo que lo que se les ofrece en el género romántico no siempre les interesa de esa manera. Las mujeres, tanto en la vida real como en la cultura, están constantemente expuestas a la violencia sexual. Ver algo como esto —una representación final de la vulnerabilidad masculina— puede resultarles refrescante. Según lo que me han dicho las mujeres que nos han escrito, al ver una historia entre dos hombres sienten una sensación de seguridad: no hay miedo a la violencia. No hay miedo a enfrentarse a algo que las mujeres viven demasiado en su día a día y no quieren ver reflejado en sus fantasías. Al final, esto es una fantasía romántica”
No obstante, estas declaraciones desataron una ola de críticas. Sin pretenderlo, el director terminó confirmando muchas de las sospechas existentes. Su visión puede resultar misógina al sugerir que, para eliminar la violencia contra las mujeres, es necesario eliminarlas de la representación. Además, reduce las fantasías femeninas a algo puramente masculino, negando la diversidad de sus imaginarios. También es superficial asumir que la violencia solo ocurre en contextos donde hay mujeres; esta interpretación simplista soslaya la complejidad de por qué estas historias conectan con el público y, de forma involuntaria, resulta un tanto machista.
Tampoco es cierto que la igualdad de sexo elimine las jerarquías de poder, especialmente cuando en la serie se definen claramente roles que resuenan de la misma forma que en las uniones heterosexuales. Por ello, el argumento carece de sentido y muestra una falta de sensibilidad hacia la realidad del colectivo y, en primera instancia, hacia las mujeres.

Aunque Heated Rivalry ha sido calificada como una de las series LGTBIQ más destacadas del año, muchas personas dentro del propio colectivo la observan con incomodidad. La verdadera cuestión es si este tipo de narrativas contribuyen a normalizar o, por el contrario, refuerzan los mismos fetiches y estereotipos de siempre. En este caso, parece difícil defender la serie cuando toda su estética y su trama parecen diseñadas para alimentar una fantasía más que para deconstruirla.
Una de las críticas más evidentes es la representación de los hombres gais. Resulta sorprendente que, en un proyecto liderado por un director homosexual, el único modelo masculino sea el del buff, con cuerpos hipermusculados que responden a un ideal de masculinidad alejado de la diversidad queer real. Si bien encaja con el contexto de los protagonistas por ser deportistas de élite, no parece necesario que personajes como Kip, un joven que aspira a estudiar artes, responda al mismo molde canónico.
Del mismo modo, ningún personaje principal tiene "pluma" ni se sale de esa representación hipermasculinizada. Todo esto invita a preguntarse si la decisión responde a la necesidad de mantener cierta fantasía sobre los hombres gais que, en última instancia, resulta inherentemente homófoba.
La crítica hacia este fetichismo en los romances entre hombres ha crecido notablemente y divide a la audiencia. Porque otro punto de debate es la orientación sexual de los actores. Está claro que se trata de su vida privada y que esto no debería influir en su trabajo, pero el secretismo que los rodea ha generado una cierta mística en torno a ello. Porque, sinceramente, ¿qué hay más embaucador que un misterio? Actuar implica representar, no ser, y nadie espera que los intérpretes sean deportistas reales o de la nacionalidad de sus personajes (como Ilya, que es ruso, mientras que Connor Storrie es realmente tejano). Sin embargo, cuando se trata de identidad sexual o racial, la representación genuina siempre es bienvenida.

A día de hoy, la industria todavía penaliza formar parte de la comunidad LGTBIQ, por lo que ofrecer oportunidades a intérpretes del colectivo cuando la serie precisamente se lucra del mismo no solo es justo, sino necesario. Resulta irónico, además, que el secretismo sobre la orientación sexual siga perpetuando el estigma que historias como esta intentan combatir. Esta serie subraya la vitalidad de tener referentes para poder conquistar libertades, pero más allá de la ficción parece no comprometerse en la causa.
Una parte protagonista de esta polémica fue el comentario del actor Jordan Firstman (conocido por I Love LA, que se lanzó en una fecha similar), quien dijo: “Así no es como los gais tienen sexo”. Las críticas fueron inmediatas, y pese a que luego se disculpó públicamente con los actores y el director —recalcando que “adora Heated Rivalry y que simplemente habla más de la cuenta”— las redes continuaron atacándolo incluso después de un TikTok en el que dejaba claro junto al actor Hudson Williams que estaba enterrada el hacha de guerra. Sin embargo, más allá del tono o el desafortunado contexto, no deja de ser la opinión de alguien que sí pertenece abiertamente al colectivo y cuya perspectiva no era dañina sino una simple opinión.
Hay una tendencia cada vez más visible a señalar cómo el romance contemporáneo se está transformando en puro erotismo. No es que el romance carezca de una base esencial de atracción, pero parece que la conexión emocional o intelectual queda relegada a un segundo plano. Esto refleja, quizá, una concepción cada vez más capitalizada de las relaciones, donde lo más importante pasa a ser el deseo. Esto no es necesariamente problemático, pero sí resulta preocupante, sobre todo en una serie que ha sido señalada como un gran romance. Nos invita a pensar en cómo las narrativas “románticas” están evolucionando hacia una sexualización casi obligatoria.
En este caso no ha sido ocultado en lo más mínimo, incluso sus protagonistas antes de que saliera la serie se hicieron a juego unos tatuajes en los que pone “sex sells” con lo que reconocían que sabían que precisamente esto iba a ser motivo de su futuro éxito.
Hacia el final, en una línea de tiempo que avanza casi ocho años, vemos a los personajes evolucionar hacia una posible intimidad emocional. Aunque esto supone un alivio tras capítulos de falta de comunicación, resulta apresurado. Da la sensación de que "el roce hace el cariño", pero que tras casi una década, los personajes siguen sin conocerse de verdad.
A menudo ocurre que las historias con una fuerte carga erótica son despreciadas sistemáticamente, denostar esta serie solo por su contenido sexual o por tener un público mayoritariamente femenino tampoco es justo. En ambas cuestiones es necesario profundizar en ciertos aspectos que la industria alimenta y que, finalmente, terminan no solo estigmatizando a los seguidores, sino también derivando en discursos machistas y homófobos. Estas reacciones tienen poco que ver con la obra en sí y mucho con el fenómeno que surge a su alrededor, donde se tiende a juzgar con severidad la libertad sexual y el consumo cultural femenino.
Con un acuerdo para tres temporadas más, hay mucho margen de mejora. Si bien es una de las series románticas más entretenidas del año, un compromiso activo con la comunidad LGTBI, la salud mental (lo cual Jacob Tierney ya ha confirmado que será uno de los temas de la siguiente temporada), y el crecimiento emocional de los personajes le daría el valor añadido que un fandom tan comprometido merece recibir.













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