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Nostalgia en piloto automático: así fracasa 'El diablo viste de Prada 2'

  • Patricia Granada Brasa
  • hace 2 días
  • 4 min de lectura

Una segunda parte que fracasa al intentar imitar a la original y conquistar a nuevas generaciones


Frame de El diablo viste Prada 2 - Disney
Frame de El diablo viste Prada 2 - Disney

El Diablo viste de Prada 2 ha sido una de las secuelas más esperadas del cine reciente. La película que marcó a toda una generación regresaba en plena epidemia de reboots y continuaciones, prometiendo volver más fuerte que nunca. Y, al menos en taquilla, lo ha conseguido: debutó con más de 233 millones de dólares en su primer fin de semana, situándose entre los grandes estrenos del año. Sin embargo, pese a su éxito comercial y a sus promesas de satisfacer a los más nostálgicos, el resultado se queda en un intento fallido que ha dividido a la audiencia. Runway, que antes era una fuente de sueños, guiños y, sobre todo, moda, ha sufrido una evolución tan inesperada que apenas comparte nada con la película original.


Desde el principio, esta secuela se recibió con polémica. Cuando Disney lanzó el primer teaser y el póster oficial el 12 de noviembre de 2025, las redes se llenaron de críticas por la falta de coherencia con la estética del primer filme. La ausencia de color, de brillos y de esa evocación de los años 2000 tan característica de la original no solo ha generado rechazo en este caso, sino que forma parte de un fenómeno más amplio en el cine actual. Muchas de estas nuevas entregas inspiradas en títulos de culto tropiezan con este mismo error, que ya se ha señalado en otros proyectos recientes, como la secuela que se estrenará de Practical Magic el próximo 11 de septiembre.


Más allá de lo visual, este tipo de producciones suele jugar una carta que, en teoría, debería compensar cualquier desliz estético: un reparto espectacular. Aquí regresan figuras clave como Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci, actores que ya definieron la primera entrega y que hoy son nombres consolidados por sí solos, a los que se suman cameos de figuras como Lady Gaga o Heidi Klum. Sobre el papel, era difícil fallar. En la práctica, es precisamente en la evolución de los personajes donde la secuela termina de naufragar, hasta volverlos casi irreconocibles. 


Frame de El diablo viste Prada 2 - 20th Century Studios
Frame de El diablo viste Prada 2 - 20th Century Studios

Ahora, todas las protagonistas parecen necesitar una trama romántica que, en los tres casos, resulta insulsa e incoherente. Algunos apuntan a que estas relaciones forzadas podrían responder a un intento de evitar los shippeos que tantos fans adoraban. Los edits que juntaban a Andy y Miranda no eran pocos. Las redes sociales están plagadas de montajes, ilustraciones y reinterpretaciones que celebran este posible romance entre las protagonistas. Tanto es así que muchos creen que series como Hacks exploran esta misma relación imaginada. Lo cierto es que quien quiera ir más allá tendrá que quedarse con la serie de comedia y evitar la película, ya que, en un intento desesperado por acallar pasiones, presenta a unos hombres carentes de todo interés que rellenan minutos de esta ya de por sí larga versión. 


Por primera vez vemos a una Miranda menos implacable que nunca, a la que incluso se le ofrece la oportunidad de pronunciar su icónico “That’s all” para, acto seguido, redimirse moralmente. Una de las antagonistas más fascinantes del cine reciente se convierte aquí en una figura mucho más blanda, casi pasiva. Emily, por su parte, ha dejado la revista y se presenta como una mujer reformada que, tras un arranque de aparente independencia, pasa buena parte de la película orbitando en torno a un hombre rico para cumplir sus sueños. Y luego está Andy. 


Frame de El diablo viste Prada 2 - 20th Century Studios
Frame de El diablo viste Prada 2 - 20th Century Studios

La interpretación de Anne Hathaway ha sido objeto de comentarios de todo tipo, incluso reduciéndola a cuestiones superficiales como posibles retoques estéticos. Pero el problema es mucho más profundo: responde a una incoherencia narrativa evidente. El personaje abandona su identidad inicial —aquella chica algo bohemia con inquietudes propias— para transformarse en una periodista comprometida con grandes causas, pero escrita sin verdadera profundidad, como si hubiera perdido por completo su esencia. Es, probablemente, el personaje más desdibujado de toda la película: se comporta como una ilusa casi ingenua cuando, en su versión más joven, era competitiva, ambiciosa y mucho más consciente de su entorno.


Estas tres mujeres de moral gris, que tanto juego daban y que resultaban profundamente humanas, han sido diluidas en favor de un “buenismo” que vuelve la mayoría de las tramas previsibles e incluso aburridas. Desde el inicio, todo apunta a conflictos que se resolverán sin demasiado esfuerzo, lo que reduce cualquier tensión dramática.


La secuela está plagada de guiños y fan service que harán las delicias de los seguidores más devotos, pero no logra convencer al conjunto. Incluso en salas llenas, se perciben risas incómodas ante algunos chistes, especialmente en las escenas protagonizadas por Hathaway. Hay un intento evidente de hablarle a las nuevas generaciones que, paradójicamente, se siente más forzado que la propia película original y desemboca, por momentos, en puro cringe. La película oscila entre una comedia con bromas problemáticas y un intento de adaptación a los nuevos tiempos, sin atreverse a definirse por ninguno de los dos caminos. El universo de Runway se plantea ahora como un entorno inclusivo y diverso, con personajes jóvenes de perfiles variados. En teoría, suena ideal, en la práctica, esta apertura convive con un discurso que ridiculiza a las nuevas generaciones, lo “woke” y cualquier sensibilidad contemporánea, al mismo tiempo que intenta apropiarse de ella.


Frame de El diablo viste Prada 2 - 20th Century Studios
Frame de El diablo viste Prada 2 - 20th Century Studios

En conjunto, el filme se sostiene sobre una sucesión de chistes que aspiran a conectar con la juventud pero que, en la mayoría de los casos, generan más incomodidad que risa. Temas actuales como el periodismo contemporáneo, la inteligencia artificial o los algoritmos aparecen de forma superficial, enunciados pero nunca realmente integrados en la trama. En lo formal, la película toma decisiones desconcertantes, como el uso de cámara en mano en ciertos momentos, que choca con el tono sofisticado que debería definirla. El resultado es un largometraje que, más que una gran producción de 20th Century Studios, se siente como una comedia romántica barata de Netflix protagonizada por Lindsay Lohan.


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