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Berlinale: Anatomía de una hipocresía política

  • Álvaro Juan Marqués
  • 24 feb
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 28 feb

Selectividad ética, falso equilibrio y el discurso de la neutralidad en el festival más politizado de Europa


Tricia Tuttle, directora de la Berlinale, junto al jurado internacional, en la primera rueda de prensa del certamen. Instagram: @thehikarism
Tricia Tuttle, directora de la Berlinale, junto al jurado internacional, en la primera rueda de prensa del certamen. Instagram: @thehikarism

El Festival Internacional de Cine de Berlín, conocido popularmente como la Berlinale, ha sido históricamente considerado el festival más politizado de los grandes certámenes europeos, incluso por encima de Cannes o Venecia. Las películas galardonadas con el máximo reconocimiento en el festival en los últimos años explican esta etiqueta. Basta recordar el Oso de Oro a Dahomey en 2024, un documental que articula una reflexión poscolonial sobre el legado de destrucción política de Europa en África, o el premio concedido en 2015 a Taxi de Jafar Panahi, un cineasta que lleva más de dos décadas jugándose la vida filmando radiografías de un Irán represivo, teocrático y totalitario. También, sin ir más lejos, en la presente edición, y envueltos en un fuerte debate en torno a la politización del cine y la identidad del festival, el jurado ha tenido la osadía de premiar a Yellow Letters, una película sobre una pareja turca que es presionada por sus opiniones políticas y se ve obligada a preguntarse hasta dónde está dispuesta a llegar por sus convicciones.


Polémica y debate abierto en torno a qué es el cine


La edición número 76 del festival, clausurada el pasado domingo 22 de febrero, ha sido una de las más polémicas de su historia reciente. Todo estalló tras la pregunta de un periodista dirigida al jurado, presidido por el histórico cineasta alemán Wim Wenders, donde reprochó el compromiso explícito del festival con cineastas iraníes, con el conflicto en Ucrania y con voces rusas disidentes del Kremlin, contrastándolo con la ausencia de un posicionamiento claro respecto a Palestina, y planteó si el jurado apoyaba “este trato selectivo de los derechos humanos”.


La respuesta de Wenders fue evasiva. Eludió la cuestión del genocidio y defendió que los jurados deben “mantenerse al margen de la política”, afirmando que los cineastas son “el contrapeso de la política”. Señaló además que el cine se diferencia de ella por su capacidad empatizadora, por explorar las discrepancias “entre las personas que quieren vivir sus vidas y los gobiernos que tienen otras ideas”. Según él, ahí es donde deben entrar las películas.


Más tarde tomó la palabra la directora del festival, Tricia Tuttle, defendiendo al jurado con un discurso centrado en la libertad de expresión y en la presión mediática sobre los artistas. Reivindicó que no se puede exigir a cineastas y jurados respuestas políticas inmediatas, simplificadas y comprimidas en clips virales, ni responsabilizarlos de posicionamientos institucionales sobre los que no tienen control.


En parte, Tuttle tiene razón. Ni los jurados ni los cineastas están obligados a tener un discurso político articulado, coherente o militante si no les nace. Que el cine sea político por naturaleza, porque la existencia misma lo es, como apunta la crítica de cine Pepa Blanes en su análisis, no significa que tenga que ser activista o militante per se.


Además, es cierto que resulta cansino vivir en nuestra sociedad, tan polarizada, que espera de cada individuo, ante cualquier pregunta, una respuesta inmediata, específica y algorítmica diseñada para satisfacer la poca profundidad de pensamiento, reforzando la opinión de uno o negando la de otro. Los puntos grises se desechan y las respuestas fáciles tienen más cabida en detrimento de la complejidad de nuestra existencia. Entiendo que en esencia esto es lo que han tratado de defender estas dos grandes voces, la de la necesidad de preservar el cine como espacio de narrativas complejas, como herramienta para entendernos mejor y, ojalá, como territorio ciudadano de contracultura frente a la política. Muy bien.


El problema de esta aparentemente sólida argumentación se derrumba frente al innegable carácter político y selectivo del festival. Porque la propia Berlinale sí entiende que hay veces que merece más la pena dar voz a unos antes que a otros, y que el principio de ecuanimidad deja de funcionar, o resulta contraproducente, cuando se utiliza de manera mecánica o mal entendida, convirtiéndose en lo que se conoce como "falso equilibrio".


El “falso equilibrio” de la Berlinale


En esa misma rueda de prensa intervino la productora Ewa Puszczyńska, también miembro del jurado, calificando la pregunta que desencadenó todo de “injusta” y defendiendo que el espectador tiene la capacidad de pensar por sí mismo y que no se debería incidir en su decisión de “apoyar a Israel o la decisión de apoyar a Palestina”. Es ahí donde el edificio discursivo antes presentado se derrumba por completo.


Entiendo que nadie defendería dar el mismo peso en un debate sobre el cambio climático a un científico medioambiental y a un negacionista. Nadie pondría (o debería poner) al mismo nivel a un experto en fiscalidad con estudios en economía y al Xokas opinando sobre impuestos. A esto me refiero con el falso equilibrio de la ecuanimidad: que la neutralidad es positiva cuando ambas partes no destruyen a la otra con argumentos falsos, peligrosos o arbitrarios.


La Berlinale ha aplicado, y con mucha razón y lucidez, este criterio de forma consciente durante años:


  • Priorizando la voz del cineasta Jafar Panahi en varias ediciones frente a la teocracia chiita iraní

  • Dando espacio a voces queer en los Teddy Awards frente a discursos de odio

  • En esta presente edición con No Good Men de Sharbanoo Sadat, amplificando voces femeninas afganas frente al régimen talibán

  • En esencia, eligiendo sistemáticamente a las víctimas frente a las estructuras de poder


Podría seguir así con una lista interminable. Y, sin embargo, parece ser que con el genocidio en Gaza no lo ven tan claro. De repente, se invoca la neutralidad. De repente, el cine “no es político”. De repente, todo se reduce a que el espectador decida si apoyar a Israel o a Palestina.


Breve anatomía de una hipocresía dentro del contexto alemán


La tensión no es nueva. En 2024, la Berlinale tuvo la valentía de estrenar y premiar a mejor documental a No Other Land, que posteriormente ganaría el Oscar a mejor película documental. Realizado por un equipo palestino-israelí, narra la destrucción de la aldea palestina de Masafer Yatta en Cisjordania por el ejército israelí. Al recibir dicho premio en Berlín, sus realizadores denunciaron públicamente el apartheid en Gaza y pidieron que Alemania dejara de enviar armas a Israel y respetara los llamamientos de la ONU.



Las reacciones no se hicieron esperar. El alcalde de Berlín, Kai Wegner, de la Unión Cristianodemócrata, declaró que “el antisemitismo no tiene cabida en Berlín”, esperando que la nueva dirección de la Berlinale evitara incidentes similares. El festival respondió con su habitual tibieza institucional, desligándose de las declaraciones y reduciéndose a “opiniones personales individuales”. Al año siguiente hubo un cambio en la dirección del festival debido a una reestructuración organizativa impulsada por el Gobierno alemán (específicamente la ministra de Cultura, Claudia Roth), que decidió eliminar el modelo de codirección y regresar a una dirección única, buscando una “modernización" del festival.



A nivel nacional, Alemania sigue sin condenar ni catalogar como genocidio lo que está ocurriendo en Gaza. Esto se debe a su responsabilidad histórica ineludible por el Holocausto, lo que fundamenta su política de Estado de proteger la seguridad de Israel, aunque prioriza la solución de dos Estados. Una decisión que escapa de la razón y deja en evidencia la pobre memoria histórica del país germano. Responsabilidad histórica sería asegurar que en ningún rincón del mundo se volviese a repetir una destrucción sistemática de personas por lo que son o lo que creen, y dejar de defender un país que destruye a conciencia una nación por razones imperialistas y supuestamente religiosas. Qué triste ironía.


Si a eso se suma que el principal financiador de la Berlinale es la Comisión Federal de Cultura y Medios de Comunicación del Bundestag, y que el clima político alemán en torno a Gaza es extremadamente sensible, creo que podéis sacar vosotros mismos vuestras propias conclusiones.


Mis expectativas para las próximas ediciones de la Berlinale


Las respuestas de Wenders y Tuttle, en lo abstracto, son defendibles. El cine no es solo política. Es mucho más complejo. Pero negar el trato selectivo del festival ante distintos conflictos es insostenible. La Berlinale ha sido siempre selectiva. Éticamente selectiva. Irónicamente, selectiva políticamente.


Por mi parte, quedo a la espera de que en próximas ediciones del festival se proyecte alguna película dirigida por un cineasta afín al sionismo que narre, desde la “empatía”, la historia de un militar israelí y sus actividades en Cisjordania o en Gaza, para “avivar el debate”, como propone el jurado.


Yo no conozco ninguna película de ese tipo.


Sobre la experiencia palestina existen innumerables.


Digo yo que será por algo, ¿no?

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