La lucidez de ‘La Voz de Hind’ para narrar el horror sin mostrarlo
- Álvaro Juan Marqués
- 26 nov 2025
- 5 min de lectura
Actualizado: 5 dic 2025
La historia real de una niña en Gaza que nos enfrenta a una verdad cruel que las imágenes ya no logran conmover

Hablar del horror siempre exige una distancia ética. Filmarlo, aún más. A pesar de que la historia del cine es breve, la reflexión moral que lo acompaña ha sido intensa y cambiante. En la segunda mitad del siglo XX, cuando cineastas empezaron a representar el Holocausto, el desafío principal residía en el peligro de estetizar el mal, lo cual conducía inevitablemente a su banalización. De ahí surgió una de las frases más célebres atribuidas a Godard —“un travelling es una cuestión moral”— que, más allá del contexto en que fue pronunciada, fue convertida por Cahiers du Cinéma en un principio crítico casi dogmático. La idea era clara: ante el horror, cualquier subrayado estético supone ya una forma de manipulación, o incluso de obscenidad.
Viendo La Voz de Hind, me he dado cuenta con el tiempo de que este desafío de la representación es aún más complejo hoy. La crueldad en Gaza circula a diario en forma de imágenes fragmentadas, repetidas y superpuestas, hasta el punto de erosionar nuestra capacidad de sentirlas. Soy el primero que, cuando vuelvo a casa y ceno con mi familia, pongo la tele, y de vez en cuando aparecen imágenes del genocidio; mi madre suelta un “qué barbaridad”, y honestamente, yo no sé si me siento más anestesiado que conmovido por esas imágenes. Susan Sontag ya advirtió sobre esta ambivalencia de las imágenes ante el dolor ajeno, que puede producir empatía, pero también indiferencia. Y en nuestro momento de máxima saturación visual, la representación del horror se convierte en un desafío extremo. ¿Cómo filmar Gaza sin caer en el morbo, sin reforzar la insensibilidad, sin traicionar a quienes viven, o mueren, dentro de esas imágenes?
En este contexto surge la decisión artística más decisiva de Kaouther Ben Hania. La realizadora tunecina opta por contar su película desde un formato híbrido de docu-ficción. Y es, a mi juicio, una de las elecciones éticas y estéticas más acertadas que podía hacer. Ficcionalizar por completo un episodio del genocidio en Gaza habría sido, con gran probabilidad, oportunista y morboso; pero limitarse al documento puro tampoco habría permitido desplegar la complejidad emocional y política que late en el material.
La película pone en escena un suceso real ocurrido el 29 de enero del año pasado. Un operador de la Media Luna Roja recibe una llamada de emergencia. Al otro lado del teléfono escuchamos la voz de Hind Rabaj, una niña de seis años atrapada en un coche acribillado por el ejército israelí en Gaza, suplicando ser rescatada. A los cinco minutos de metraje aparece un rótulo que decía algo así como: “La voz que vais a escuchar a continuación es verídica, y está extraída de las grabaciones de audio de la Media Luna Roja”. En ese momento sentí una punzada en el corazón y mi conciencia más humana hizo clic. Creo que muchas personas necesitan ese clic. Y lamento que muchas otras no estén dispuestas a permitirlo.

Estas personas —que dudo mucho que estén dispuestas a hacerlo, y aclaro por si acaso que me refiero a quienes son afines al sionismo y aquellos con intereses económicos creados en esa narrativa— difícilmente querrán reconocerlo. Y qué gusto me da que Kaouther Ben Hania sea infinitamente más perspicaz y humanista que aquellos políticos que adoptan la deshumanización como herramienta política. La directora reconstruye fragmentos de conversaciones reales y los hace dialogar con un segundo nivel ficcional. De este modo, no hay opción de que estas personas tachen la película de manipulativa, ya que la puesta en escena amplifica el drama, sí, pero no inventa nada. Estamos obligados a padecer e indignarnos ante la situación de ese despacho de la Media Luna Roja en Cisjordania, que se siente abandonado por los estúpidos protocolos de salvación y por lo absurdo que resulta tener que colaborar con el ejército israelí para llevar a cabo un rescate.
Otro lúcido acierto de la realizadora es dejar el horror fuera de campo. Lo único que llega a nosotros es la voz de Hind Rabaj: su fragilidad, su miedo, su ingenuidad, su desconocimiento de la muerte, sus ganas de sobrevivir. No hay imagen capaz de provocar lo que despierta la sugestión. Solo los prejuicios y la deshumanización pueden llevar a alguien a defenestrar esta película por supuestas razones “morales”.
Por eso, los gestos de dirección que integran lo documental son los más potentes. No solo por la voz, también porque, en un momento, se solapan en una misma imagen la puesta en escena y lo grabado realmente por un teléfono aquel día de enero. Este gesto de genia absoluta por parte de la realizadora le otorga legitimidad al relato. Además, al terminar la película —cuando acribillan tanto a Hind como a la ambulancia que por fin consiguen trasladar al lugar (no decir “spoilers” en esta película me parece una falta de respeto ante el genocidio)— vemos por primera vez fotografías reales tomadas días después de lo ocurrido, cuando el ejército israelí levantó la ocupación militar de esa zona.

Esas imágenes, tan similares a las que me generaban indiferencia al verlas en la tele durante la cena, impactan hondamente. Algunos pueden criticar esta decisión, que quizá contradice la propuesta previa de la realizadora, pero yo creo que es necesaria. Es una mierda saber que seguramente todo seguirá igual. Pero, al menos, a mí me ha marcado; y también a todos los espectadores que nos quedamos en absoluto silencio en la sala del Festival de San Sebastián.
Aun así, tampoco quiero caer en la idea ingenua y utópica de que una película pueda modificar por sí sola el rumbo de una sociedad entera. No es su responsabilidad, ni su función. Y probablemente quienes se acerquen a verla a su estreno este próximo 28 de noviembre ya tengan una sensibilidad—política, ética o simplemente humana— hacia lo que ocurre en Gaza. Por eso fantaseo con el caso contrario: imagino qué ocurriría si Isabel Díaz Ayuso, Trump, o Netanyahu, personas que han hecho de la deshumanización una herramienta política, tuvieran que enfrentarse ante esta película. Pagaría por saber qué sentirían durante la hora y media de metraje; pagaría por poder erradicar el pensamiento de su cognición, y después de la proyección, escuchar cómo articulan sin ideología qué han sentido. Seguramente me sorprendería. Nuestros muros ideológicos son los cánceres del humanismo.
Así que quiero pensar que alguien impermeable, alguien blindado por una ideología fría, alguien instalado en su torre de marfil, pueda salir tocado. Lo pensé cuando vi a aquel hombre judío ortodoxo en mi sesión de San Sebastián, visiblemente conmocionado al abandonar la sala. No sé qué significó para él; tampoco me corresponde interpretarlo. Pero su rostro decía algo incontestable: que el dolor de una niña podía atravesar cualquier frontera identitaria. Y quizá por eso la sala entera permaneció en silencio, un silencio que no era político ni performativo, sino humano. La voz de Hind no va a cambiar el mundo, pero sí puede recordarnos, al menos por un instante, que todavía somos capaces de sentirlo.




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